Amaba tu silencio, esa ausencia de palabras que solías suplir con miradas perdidas. Era rehén de tu ausencia, anhelando tu llegada cuando acababas de partir. Siempre en pos de una indiferencia que me retenía de forma implacable. Amaba tu indolente forma de mentir, esa capacidad teatral para fingir una pose amorosa que estabas lejos de sentir. Era prisionera con síndrome de Estocolmo, ávida de tus excusas, deseosa de recibir reproches y malquerencias.
Atada a ti por esas cadenas inexistentes, invisibles y tenaces que hacían de mí un siervo útil, una amante perfecta, una villana que robaba tu aliento y se paseaba por tu sombra.
Amaba las cadenas que me ataban a tu tormento, incapaz de desligar el nudo irreal de un embrujo inacabado.
Atada a ti, a tu suerte y tu destino… Parte activa de tu muerte, silencio callado de tu lamento.

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