EL HOMBRE DE PELO CANO

por | Ene 23, 2021 | Relatos | 1 Comentario

EL HOMBRE DE PELO CANO

Apareció un atardecer, entre las sombras de la caída de la tarde. En un camino que no lleva a ninguna parte y a una hora en la que nadie frecuenta los montes. Supimos de inmediato que algo malo traía consigo. La primera intención fue eludir el problema y apagamos la luz para que la casa pareciese desocupada. Él llegó hasta la cerca y se desplomó. No había tiempo ni excusas para no socorrer al hombre caído.
Resultó ser un hombre mayor, de pelo cano y con gafas de concha, con ropa inapropiada para la zona y temporada del año.
Lo entramos con dificultad porque había perdido el conocimiento. Junto al fuego y un poco de líquido logramos que volviera en sí. Nos miraba sin decir palabra como si se sintiera a gusto y temiera despertar.
Mi madre, como todas, se puso a indagar en sus ropas, no llevaba ni siquiera un móvil pero sus manos eran delicadas, de un hombre que no había tenido que trabajar duro.
Pasaban las horas y no lográbamos saber quién era aquel anciano tan delicado y misterioso. Empezó a nevar y decidimos que hasta que pasara la tempestad no era caritativo hacerlo partir. Los niños llegaron a él de esa forma mágica que une la infancia y la vejez. En un lenguaje universal que los adultos no entendemos porque perdimos la inocencia y nos volvimos incapaces de ver.
No negaré que era, gratificante verlo contando historias frente al fuego como si siempre hubiera estado allí. Nunca antes la casa, había parecido más acogedora, ni los niños fueron más disciplinados y felices.
Pero era un extraño, un hombre, no un perro para adoptar. Alguien lo estaría buscando. Así que decidí bajar al pueblo y hacer algunas gestiones. Esperábamos su regreso con el deseo oculto de que no hubiera logrado nada. Y así fue. Parecía que nadie lo echaba de menos y creímos que era el momento de enfrentarnos a él, para saber a quien teníamos en casa.
el hombre de pelo cano
Le entristeció la pregunta, pareció que su rostro se volviera más amargo, dudó, y cogió la mano de mi hija pequeña.
Estuvo casado, un accidente, su mujer murió y él no quiso volver a casa sin ella. Su paseo nocturno era un suicidio pasivo, dejarse morir de frío, por amor.
Nos pareció conmovedor…. Pero ¿de cuánto tiempo hablaba? Murió hace años, unos días, horas… Y ahí se bloqueaba y empezaba a gemir.
Era imposible con la nevada poder acceder al camino por donde vino para ver si había señales de un accidente.
Pasaron los días en un ambiente animado. Ayudaba a los niños en las tareas, les contaba cuentos para dormir. Se notaba que era un hombre educado. Pero ¿quién?
Cesada la tempestad volvió la señal de televisión y allí vimos a nuestro abuelo, más joven en un descapotable y con una bella mujer. Supimos que era un hombre rico y que habían desaparecido los dos. El secreto policial eludía cualquier pregunta.
Lo miramos para ver si decía algo…. Pareció titubear pero se puso a hacer un bizcocho entre el alborozo de los niños.
Eso no estaba bien. Debía haber familia buscándolo. Así que mi marido salió a desandar el camino. Se llevó a los perros para que siguieran su huella. Dos kilómetros mas arriba descubrió un coche que se había precipitado desde la carretera y estaba cubierto de nieve. Los perros ladraron haciendo ver que había alguien dentro. Lo suponía. Estaba el cadáver helado de una mujer mayor con un golpe en la cabeza. Imposible buscar entre sus bolsillos por la congelación. Tuvo que hacerlo. Llamó a emergencias y con la localización enseguida estuvo allí un grupo de rescate. Era la esposa del millonario desaparecido. Hubiera sido un delito ocultar que él vivía en casa desde hacía quince días. Así que entre las lágrimas de los niños y la mirada de miedo de él, se lo llevaron.
La casa pareció, de repente, vacía, sin sentido. Nos quedamos con la sensación de pérdida. Pusimos, las noticias para, saber que fue de él. No tardaron en conocer que su mujer estaba en fase terminal de cáncer, que había abandonado la quimioterapia para morir en casa. Que sus sufrimientos dolían a todos los que la rodeaban. Ella le pidió morir, ayuda. Él no quería hacerle daño, mancharse las manos y tampoco deseaba vivir sin ella.
Asi que la subió al coche esa mañana. Ambos sabían a donde se dirigían. No fue un asesinato, era un suicidio consentido.
Llegado al punto se dieron un beso y de la mano precipitaron el coche. No estaba previsto que el quedara vivo. Se volvió loco y estuvo días por los montes sin comer ni beber, esperando la congelación.
No supo cómo despertó junto al fuego en una casa llena de niños. Ellos no habían tenido hijos. Y quiso alargar ese regalo inesperado antes de que la familia lo atrapara, de nuevo. Era un millonario y los herederos de su mujer estaban ya al acecho y con la intención de darlo por incapaz mental y apoderarse de todo.
Sólo pidió un deseo, volver a ver a la familia que lo salvó. Una extravagancia que demostraba que había perdido la cabeza. Lo llevaron allí. Los niños se echaron a sus brazos. Entró en la casa y habló con mi marido.
Cogieron el coche y desaparecieron. Ninguno sabíamos de que hablaron, que había pasado ni el motivo de su visita hasta que un mes después regreso en un coche, cargado de maletas.
Había logrado salvarse de la cárcel porque su mujer había escrito una carta al fiscal explicando que deseaba morir y había empujado a su marido en esa muerte., también se libró de los herederos legándoles todo a cambio de no ser dado por incapaz ni ingresado en un sanatorio. Sólo debían pasarle, de por vida, una cantidad mensual.
Con ese más que abundante sueldo logró para todos ellos una casa mejor y una vida más cómoda.
Apareció un atardecer cuando todo nos iba mal, la pobreza empezaba a ser alarmante y mis padres desesperados. Fue ese encuentro casual, ese milagro de Navidad que se convirtió en el abuelo, padre y amigo que tanto necesitábamos.
Y ahora os dejo porque nos va a enseñar a hacer unas casas para los pájaros y después iremos al lago.

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