ESA NOCHE

Pereza, siempre me dio pereza todo aquello que a los demás llevaba de cabeza. Esa prisa por estar en todas partes al mismo tiempo y ser todos y cuántas personas esperan de nosotros.
A mi me gustaba el no tener horarios, esa arbitrariedad que me permite moldear el tiempo a mi antojo. Buscar atajos, descansar, detenerme sin remordimientos. No existía ese lugar que me atrajera más que la comodidad de mi hogar. Aquí lo tenía todo, a mano, cerca mío. Y lo mismo pasaba con las personas. Solo tenía una amiga, la misma desde la infancia. Otra persona introvertida y con baja autoestima. Las dos habíamos descubierto la forma de divertirnos sin salir, sin los otros. De esa forma era fácil controlar ese temor al rechazo, a ser juzgado, a sentirse fuera de lugar.
Ambas éramos hijas únicas de matrimonios rotos. Tuvimos que soportar toda la frustración de ver la lucha de unos padres por no quedarse con nosotras .
Eso, lógicamente, no ayuda a que te sientas única, bella y amada. Eras un saldo, un trasto que ninguno deseaba llevar a su nueva vida.
Por eso ambas nos fuimos a vivir juntas. Creamos un hogar donde el respeto era la máxima. Cada una tenía su habitación, sus cosas… Y luego el salón era nuestro parque, nuestro cine, el bar de la esquina…. Cada día, al llegar del trabajo, nos duchábamos y ya con el pijama nos contábamos las anécdotas y comíamos sin temor a guardar la línea.
Habíamos perdido la esperanza en encontrar pareja. Habíamos superado el peso que se consideraba atractivo y nos habíamos dejado en nuestro aspecto físico.
esa noche
La una se consolaba con la otra. Ya no había nada que nos hiciera pensar en una vida independiente.
Ambas pesadas, cómodas, alegres junto a un vaso de vino. Sin conocer el amor, sin ser cortejadas, sin posibilidad de ser madres. A una edad crítica en la que la soltería era una condena. Nos dio la risa, Éramos la reserva virgen de las mujeres en edad de merecer.
Ambas teníamos nuestras fantasías, deseos y sueños frustrados… Y alguna vez nos daba por hablar de que es lo que nos hubiera gustado, en qué punto llegamos al lugar sin retorno, como vivir sin el calor de otra persona.. Y una le paso el pelo tras la oreja, en un gesto mecánico de coquetería, y la otra sintió algo inaudito, que jamás imaginó, que no deseaba que ocurriera y se acercó a su rostro para acariciar su mejilla.
Pereza, demasiada pereza para salir a buscar un amor que… Empezaba a surgir en esa casa.
Esa noche sólo se usó una habitación.

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