ESTA ES MI CASA

Richard llegó a su nueva casa de alquiler a las afueras del pueblo tras varias horas de viaje, le habían destinado a un pequeño ambulatorio que se encargaba de dar servicio a toda la comarca. Era una casa mugrosa, bastante lejos de poder llamarla hogar. De madera vieja con ventanales enormes, rodeada por un jardín descuidado donde las malas hierbas te llegaban a la altura del hombro y en el interior, todo tapado con viejas lonas polvorientas. Un pasillo kilométrico que daba a mano izquierda al dormitorio principal y a la derecha a una escaleras que llevaban al sótano donde se encontraba una caldera que necesitaba ser reemplazada. Era lo único que pudo encontrar en tan poco tiempo.

Tras terminar con un primer lavado de cara a la casa, sus muebles y pertenencias instaladas lo mejor posible, Richard cogió una copa de vino y fue directo al baño, llenó la bañera y se metió con la necesidad de relajarse. Después de quince minutos los párpados se le cerraban a la vez que se deslizaba acomodando su cuello al borde de la bañera y mientras la copa se escurría de sus manos, la luz parpadeaba como si no estuviese bien enroscada la bombilla, le pasaron imágenes sangrientas por su mente de una niña en esa misma bañera, de pie frente a él con las muñecas abiertas y los ojos llorosos. A su lado, una mujer con una ligera mueca de felicidad, desaliñada con una blusa llena de sangre y un cuchillo en la mano.

¿Todo una imaginación?

La copa cayó haciéndose añicos contra el suelo. Richard se levantó, sobresaltado y preocupado tras ese sueño tan real, agachó la cabeza mirándose las manos mientras la luz seguía parpadeando hasta apagarse por completo. Maldijo al mismo tiempo que salía de la bañera para darle un par de toques a la bombilla consiguiendo que volviera la luz, en ese preciso instante vio sus manos ensangrentadas notando como la sangre escurría por todo el brazo izquierdo que tenía levantado hacia la luz y a su lado la misma mujer del sueño con la mirada clavada en sus ojos. Salió corriendo de ahí directo a la calle vigilando que no le siguiera aquel fantasma.

 

Esta es mi casa

Ya fuera, se volvió a mirar las manos sin apreciar ni una sola gota de sangre. Pensando que estaba loco o que su cerebro le estaba jugando malas pasadas, ensimismado, desnudo sin percatarse del frío que hacía fuera, le recorría un escalofrío intenso por todo su cuerpo que le impedía dar un paso al frente para volver a entrar en la casa.

Con el corazón a mil por hora y temblándole las piernas se dirigió hacia la entrada, encendió todas las luces mirando de un lado a otro constantemente y fue directo a la cocina a por un cuchillo para después ir al baño a comprobar que no había nadie. De nuevo la luz parpadeante del baño, entró y comprobó que no había nadie, quitó el tapón a la bañera para vaciarla, se vistió y cogió el cuchillo para ir a dejarlo a su sitio. Al volverse, frente a su cara estaba la mujer con la blusa ensangrentada, se le acerco pasándole la lengua por su cuello congelándole corazón de miedo y le susurró al oído en un momento de penumbra: esta es mi casa amor mío.

Al instante de volver la luz, empuñando el cuchillo y sin pensamiento alguno, se enfrentó al espejo, observándose fijamente en el, mientras una lagrima se deslizaba por su mejilla. Se clavó bruscamente el cuchillo vislumbrando una ligera sonrisa en su cara, se sacó el cuchillo volviéndoselo a clavar de manera compulsiva varias veces hasta caer desplomado contra el suelo, observando de pie frente a el a la mujer antes del último suspiro.

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Alejandro Barriendos AdministratorContributor

La ilusión de la palabra

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