La Teoría de la Relatividad

por | Dic 28, 2020 | Relatos, Reseñas Literarias | 0 Comentarios

LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

Acúfenos. Fue todo lo que sentí. Esos molestos pitidos en los oídos desde ese conciso y terriblemente concreto instante en que escuché esa palabra. Unos acúfenos que estrangulaban las entrañas. Ya no oí nada más. Él seguía hablándome, mirando con precaución hasta dónde quería saber y hasta dónde quería llegar, teoría de la relatividad.

Tú a mi lado, no pude ni mirar la expresión que debía de haber en tu rostro. Sufrí por ti. Pequeños instantes en los que más que por mí, fueron por ti.

Y así comenzó tu calvario, tu infierno en vida. Lo habíamos construido todo juntos, ¡Y lo que nos había costado! Tú eras un animal solitario, yo era pobre y desdichado. El destino nos juntó de una forma casual y ciertamente anhelosa. La distancia inicial no lo hizo ni más fácil ni menos duradero. Sufrimos. Discutimos. Mil veces pensamos que el otro acabaría poniendo punto final, pero no fue así. Jamás fue así. Los pilares se iban formando poco a poco, tu ponías el acero y yo ponía el hormigón. O quizá más bien fue al revés.

En cualquier caso, forjamos algo sólido, resistente, infranqueable, incuestionable. O eso pensábamos.

La vida a tu lado empezó como si recién conocidos fuésemos. Llena de emoción, llena de ilusiones. No había atisbo alguno de rencores del pasado. Nos habíamos esperado. Y ahora todo era más que perfecto, era impecable, magnífico, insuperable.

Y aunque siempre diré que eres la mujer de mis sueños, también aseguro que tu puesto jamás se movió un ápice cuando la niña nació. Se crearon más puestos en mi alma, sencillamente. Fue como si brotase un nuevo trono a nuestro lado donde reinaría nuestra pequeña. Sin embargo, para ti siempre fue distinto. A las madres se les despierta un sentimiento indescriptible para los hombres cuando están embarazadas. Es algo que nosotros, no podemos sentir.

la teoría de la relatividad

Dos lustros juntos. Seis años con nuestra pequeña. Años juntos llenos de vigor. De viajes, si bien no necesariamente lujosos, sí llenos de existencia, de atractivos parajes, de exquisita vegetación… Años llenos de risas, de sonrisas, de berrinches, de lecciones y de algunos que otros llantos.  Años llenos de… vida.

Es precisamente vida lo que ahora se nos arrebata. No tenía valor para encontrarme con tu desbocada mirada. Poco a poco, la persona a la que tú más querías, se iba. Nuestra hija.

Yo en mi alexitimia, en mi helado corazón, ya sin pulso, solo temía tu sufrimiento. No podía enfrentarme a tu dolor. El doctor sugería algunas opciones, todas igualmente nefastas. Todas inequívocamente inútiles. Hablaba de algunos estudios experimentales que podían brindarnos algo de esperanza. Solo eso, esperanza. Su caso era muy grave, leucemia aguda de fenotipo mixto.

Con un hilo de voz, ella tan solo sugirió cuidados paliativos. En fin, qué iba a decir yo, si la que entendía del tema era ella. Pero el oncólogo me miraba a mí, ligeros segundos posaba en ella su mirada, quizá por todas esas lágrimas que silenciosamente brotaban de sus ojos.

Emma murió de madrugada. Nos habíamos ido al campo, a ver las luciérnagas y las estrellas en aquella tranquila semana de verano. Esa noche ella estaba distinta. Ella misma lo sabía. Nos pidió salir a observar la oscuridad de la noche entre nuestros brazos hasta que se quedase dormida. Rodeados de las pequeñas luminiscencias que revoloteaban entre las espigas de trigo, en ese momento, en ese preciso momento, antes de irse, nos miró… Y fue ella la que nos consoló.

Mar Navarro ContributorSubscriber
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