PANDORA

Pandora estaba cansada de caminar por la vida sin rumbo. Había atravesado desiertos, bosques tenebrosos y claros que se convirtieron en cenagales buscando lo que ella creía que eran oportunidades que la vida le iba presentando. Iba en busca del arco iris que veía a lo lejos del horizonte pero tras muchos intentos en vano pensó que tal vez aquello que ella llamaba luz era sólo un reflejo.

Algo no estaba funcionado. Daba vueltas y vueltas volviendo una y otra vez a la casilla de la salida.

Había que parar y cambiar la perspectiva pero no sabía cómo hacerlo.

En aquel momento sintió unos brazos que la acunaban y se dejó mecer creyendo que quien creía era su salvador le acompañaría en su camino y cogidos de la mano transitarían hacia un nuevo amanecer, pero justo en eso momento, cuando más fuerte y más segura se sentía para afrontar los nuevos obstáculos que pudieran presentarse, aquellos brazos la arrojaron al precipicio.

Clavó su mirada en los ojos de su salvador sin poder creer aquel abandono.

Y en su caída se juró que ya no más falsos dioses serían su guía, entendió que la fortaleza estaba en ella misma y que sólo ella debía y podía decidir como sería su vida, su camino y extendió los bazos para descubrir que era capaz de volar.

Agradeció a aquellos brazos que la habían soltado porque ahora era libre, sus miedos habían volado con ella pero en otra dirección y se sintió liviana y en ese vuelo vislumbró el arco iris, el horizonte que parecía lejano  estaba a escasos metros de ella y ahora sí, un paisaje de campos verdes con amapolas se abría ante ella.

Aquellos obstáculos pasados, aquellos caminos cenagosos si habían sido  oportunidades, las necesarias para avanzar, progresar y entender que la fuerza, la esperanza, la felicidad  está dentro de cada uno y que nosotros y sólo nosotros somos dueños de nuestro destino y decidimos qué valor le damos a los acontecimientos que nos suceden.

 

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Paula Planas ContributorSubscriber
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